10 costumbres de «guiris» que nos parecen de otro planeta

El choque cultural no solo va en una dirección. Si has viajado o tienes amigos de fuera, seguro te has encontrado con situaciones que te han dejado pensando: «Pero, ¿por qué hacen eso?».
Nosotros, con nuestras tradiciones, somos los más normales del mundo, ¡obviamente! Así que, para que no te sorprendas, aquí tienes 10 cosas de extranjeros que nos parecen de otro planeta.
1. Cenan a las seis de la tarde… ¡y listos!
Cuando te invitan a una casa extranjera a cenar a las seis de la tarde, lo primero que piensas es que se han confundido de hora. Para nosotros, a esa hora nos estamos comiendo la merienda.
O peor: todavía estamos en la oficina, o incluso saliendo de ella para ir a casa. Para nosotros, la cena es la culminación del día, un momento para relajarse y desconectar, no un trámite rápido.
Los extranjeros comen y, en el mismo instante en que terminan, el plan se acaba. Recogen los platos, quizás se van a otro rincón de la casa a ver televisión, o, si la cena es en un restaurante, piden la cuenta casi antes de terminar el último bocado.
No entendemos cómo pueden cortar la magia tan pronto. ¿Qué pasó con la conversación? ¿Con la sobremesa? Para nosotros, la cena es un evento social que puede durar hasta bien entrada la noche, seguido por más copas, más risas o incluso una salida.
Ver a un extranjero cenar a una hora tan «temprana» nos hace pensar que su día acaba a las diez de la noche, justo cuando el nuestro empieza.
Es una diferencia de ritmos que nos parece curiosa y, a veces, un poco triste, porque nos quita esa parte del día tan valiosa. Nos recuerda que su cultura valora más la eficiencia que el disfrute del momento.
2. Las comidas terminan en punto
Para los españoles, la comida no es solo comida, es el preludio de la charla, la risa y el café. En cambio, con los extranjeros, la comida termina cuando el último bocado se ha tragado.
No existe el concepto de la sobremesa. A los cinco minutos de terminar el plato principal, ya están de pie, listos para la siguiente actividad.
Se levantan de la mesa, se van a otro lado o, peor aún, se van de la casa sin más ceremonias. Nos parece un poco seco, como si la compañía no fuera lo suficientemente importante como para quedarse un rato más.
¿Acaso no tienen nada más que contarse? La sobremesa, para nosotros, es un ritual sagrado. Es cuando te enteras de las últimas novedades, cuando un tema de conversación casual se vuelve profundo, cuando se cuentan los chistes que no podían contarse mientras había comida en la boca.
Es una extensión natural del acto de comer, una forma de sacarle todo el jugo al encuentro. Nos choca mucho ver que para otras culturas, la comida es un acto funcional, casi como echar gasolina, en vez de un momento de conexión humana.
3. ¿Una batalla de tomates? No, gracias
Intenta explicarle a un extranjero que en Buñol nos tiramos 150.000 kilos de tomates por diversión. Te miran con cara de incredulidad y se preguntan por qué desperdiciaríamos comida de esa manera.
Para nosotros, La Tomatina es pura catarsis, una fiesta a todo color y un símbolo de nuestra capacidad para convertir lo absurdo en una fiesta.
Pero ellos no lo entienden. Lo ven como una cosa extraña, sin valor. Se preocupan por el «desperdicio de alimentos», sin ver el impacto económico y cultural que la fiesta genera en la región.
Para nosotros, es un evento que genera empleo, atrae turismo y une a la gente en una experiencia que no se vive en ningún otro lugar.
Nosotros lo vemos como una fiesta, ellos como un desperdicio. Es la prueba de que no todas las fiestas tienen que tener un sentido lógico. Algunas solo existen para que la gente se lo pase bien.
4. Campanadas sin emoción
En España, las 12 uvas son un ritual. La gente se queda en silencio, escuchando las campanadas, con la boca llena. Para los extranjeros, el Año Nuevo es una cuenta atrás y un beso, con suerte.
No tienen una tradición de «carrera de uvas», y eso nos parece muy triste. A nosotros nos gusta sentir la adrenalina de terminar la última uva y abrazarnos con la familia y los amigos.
En otras culturas, la fiesta es más sobre el brindis y la celebración que sobre un acto simbólico y compartido. Nos parece que, al no tener una tradición así, se pierden una parte mágica de la celebración.
Las uvas no solo son un ritual, son un momento de unidad y de esperanza compartida. Es un momento en el que todos, sin importar donde estén, están haciendo lo mismo al mismo tiempo.
Es algo que nos une como país, y es algo que, si bien ellos tienen sus propias costumbres, no tienen algo tan peculiar y divertido como nuestra carrera de uvas.
5. ¡Un beso a la derecha, un beso a la izquierda!
La primera vez que te encuentras a un extranjero que te extiende la mano para saludar, te quedas parado, en shock. Es como si te estuviera pidiendo un acuerdo de negocios.
Para nosotros, dar dos besos es la forma más natural de saludar a casi todo el mundo. Nos parece la manera más honesta de mostrar afecto y cercanía.
Para ellos, es un gesto muy íntimo y solo lo hacen con la gente muy cercana, como su pareja o su familia. Nos sorprende que, incluso entre amigos que no se ven en mucho tiempo, solo se den un abrazo, o peor aún, un simple apretón de manos.
Para nosotros, un abrazo o un apretón de manos puede parecer frío y distante. Estamos acostumbrados a una conexión más directa y física.
Es un gesto que rompe barreras y establece una conexión inmediata. El hecho de que para ellos sea algo tan extraño es un claro ejemplo de las diferentes formas en las que cada cultura entiende la amistad y el afecto.
6. Hablan bajito, como si tuvieran miedo
No es que seamos ruidosos, es que somos apasionados. Si estamos discutiendo el último partido de fútbol o el tema del día, nos emocionamos y lo vivimos.
Nos encanta hablar fuerte y gesticular, porque así sentimos que la conversación es de verdad. Pero los extranjeros hablan tan bajito que a veces no sabemos si están hablando en serio o nos están contando un secreto.
Nos parece que les falta un poco de «salero», esa chispa que le ponemos a cada palabra. La pasión con la que hablamos y nos expresamos es un reflejo de nuestra forma de ser.
No es solo un sonido, es una emoción. Cuando un extranjero habla bajito, nos da la sensación de que es una conversación de trámite.
Para nosotros, el volumen es parte del mensaje. Si te hablo bajo, te estoy contando algo sin importancia. Si te hablo alto, es porque lo que digo me importa.
7. Navidades sin el Caganer
Imagínate el pesebre sin una figurita de un hombre agachado haciendo sus necesidades. ¡Imposible! Para nosotros, el Caganer es esencial. Es un símbolo de buena suerte y de fertilidad para la tierra.
Es la tradición más divertida y gamberra que tenemos en Navidad, y los extranjeros se asombran de que algo así exista. Y ya si les explicas lo del Tió de Nadal, el tronco que «caga» regalos, no se lo creen.
Ellos solo tienen a Santa Claus, un personaje que solo entrega regalos. A nosotros nos gusta esa mezcla de tradición, humor y surrealismo.
El hecho de que el Caganer esté escondido en algún rincón del pesebre nos parece un juego divertido para los niños, mientras que para un extranjero podría parecer una irreverencia. Pero para nosotros, es una forma de celebrar la vida, en sus formas más crudas y reales, con un toque de humor.
8. Ponen servilletas de tela, ¡y tiran la basura en la papelera!
Entras a un bar de tapas en el extranjero y todo está impecable. No hay una sola servilleta en el suelo. Para nosotros, esto significa que el bar está vacío.
Un buen bar en España es aquel que tiene el suelo lleno de servilletas, palillos y olivas. Eso nos indica que la comida es buena y que el lugar es popular.
Cuando vemos a los extranjeros guardando sus servilletas y tirándolas a una papelera, pensamos que son demasiado limpios o que no entienden nada de la vida.
Para nosotros, el suelo lleno de servilletas es un símbolo de una noche exitosa. Es una señal de que el bar ha estado lleno de gente, de risas y de conversaciones. Es una prueba de que es un lugar con vida. La obsesión por la limpieza en bares nos parece extraña.
9. No paran de trabajar, ¡ni para comer!
La siesta no es que nos durmamos todos. Es la pausa para comer y descansar un poco, y a veces para evitar el calor del mediodía. Es parte de nuestra cultura.
Pero los extranjeros comen un sándwich delante del ordenador y no paran de trabajar. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden seguir todo el día sin un descanso? A nosotros nos parece una locura.
La idea de comer a toda velocidad y seguir trabajando es ajena a nuestra cultura. Para nosotros, la comida es un momento de conexión y de descanso, no una tarea más que hay que terminar.
Nos gusta tomarnos nuestro tiempo para comer, disfrutar de la compañía y recargar energías para el resto del día. Nos choca mucho que no se tomen ese momento para ellos. Nos hace pensar que la vida de los extranjeros está tan enfocada en el trabajo que no hay tiempo para nada más.
10. Apodos y diminutivos: no, no estoy enojado
En España usamos diminutivos como «cafecito», «Javiercito» o «Anita» para mostrar afecto, familiaridad o incluso cortesía. Para nosotros es natural llamar a una amiga «cariño» o a un desconocido en un bar «guapa» o «guapo» para pedirle algo.
Pero a los extranjeros les choca, porque en sus idiomas esto puede sonar condescendiente o demasiado íntimo. No entienden por qué un desconocido te llama «mi vida» o por qué a un niño se le dice «reina» o «campeón».
Para nosotros, es solo una forma de mostrar calidez y cercanía. Es una forma de comunicación que no tiene una traducción literal.
Es un código cultural que nos permite establecer una conexión rápida y personal con los demás. El hecho de que para ellos sea tan inusual es un claro ejemplo de las diferentes formas en las que cada cultura entiende el afecto y la conexión.
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